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La arquitectura se ha identificado con la solidez, la corporeidad de sus volúmenes y la funcionalidad de cada uno de sus elementos luchando contra la gravedad: columnas, trabes, losas y muros son sus distintas respuestas y a su vez son sus límites. Las excepciones serán las ventanas y las puertas como huecos en los planos verticales y los patios como vacíos en los planos horizontales.
En los últimos años del pasado siglo surgió una nueva sensibilidad arquitectónica, que refleja la distancia de la cultura contemporánea con el formalismo (historicista o no) de las tres décadas anteriores. Si originalmente los estilos arquitectónicos se identificaban con la roca primera de la cueva o con la cabaña arquetípica, y el movimiento moderno se inspiró en la ingeniería aeronáutica, las nuevas arquitecturas se reconocen más con el camaleón que se posa sobre la piedra o con el avión “invisible”.
Son propuestas que aprovechan las recientes innovaciones técnicas y que investigan la naturaleza y el potencial de las superficies arquitectónicas. A su vez, son propuestas abstractas que no hacen referencia a nada fuera de la propia arquitectura, y que dedican gran atención a la reducción formal. Transparencia y ligereza, monolitismo, supermodernismo o minimalismo son distintas etiquetas que redundan hacia lo neutral, lo implícito y lo indefinido.
Los antecedentes directos de estas arquitecturas recientes hay que buscarlos en las singulares e iluminadas propuestas de Bruno Taut, las cajas de vidrio de Ludwig Mies van der Rohe y en los edificios industriales de Walter Gropius. La confianza en el futuro, en la tecnología y en los nuevos materiales convirtió al vidrio en la panacea de la arquitectura, donde la transparencia permitía la apropiación del paisaje desde el interior y la comprensión de los espacios interiores desde el exterior, en una suerte de arquitectura sincera, funcional y democrática. Hans Ibelings, autor de “Supermodernismo”, etiqueta-manifiesto de los últimos años noventa, decía que el deseo de transparencia total se manifestó en los años veinte a partir de los proyectos irrealizados de Mies van der Rohe para un rascacielos en la Friedrichstrasse de Berlín, pero sólo hoy en día la tecnología parece lo bastante sofisticada como para hacer realidad esa ansiada transparencia. El mismo Mies van der Rohe reconocía su fascinación por el vidrio: “descubrí trabajando con maquetas de cristal que lo importante es el juego de los reflejos y no, como en un edificio corriente, el efecto de luz y sombra”.
El ensayo “Glasarchitektur” de Ludwig Hilberseimer, de 1929, representa una visión racionalista y sirve como una antípoda histórica a las actitudes contemporáneas. Para este racionalista radical, el uso de vidrio en la arquitectura iba a fomentar objetivos higiénicos y económicos, relegando las propiedades formales a expresar más claramente el sistema estructural.

Las preocupaciones estéticas quedaban esencialmente negadas. Casi un siglo después la tecnología haría posible los deseos de los pioneros de la modernidad.

El historiador Colin Rowe, recientemente fallecido, describía en 1956 la diferencia entre transparencia literal y transparencia fenomenológica. Para Rowe, la transparencia puede ser una cualidad inherente a la sustancia —como ocurre en una tela metálica o en una pared de vidrio— o puede ser una cualidad inherente a la organización, lo que permite distinguir entre transparencia literal o real y transparencia fenomenal o aparente. Es posible, añade Rowe, que nuestra actitud ante la transparencia literal derive de la estética de la máquina, y es probable que nuestra actitud hacia la transparencia fenomenológica derive de la pintura cubista. La frontalidad, la supresión de la profundidad, la contracción del espacio, la definición de los focos de la luz, y una creciente acentuación de la retícula, son algunas de las características del cubismo analítico. Así, la transpa-rencia significa la percepción simultánea de distintos lugares. Implica, para Gyorgy Kepes (en su obra Language of Vision), algo más que una mera característica óptica; supone un orden espacial mucho más amplio: lo transparente deja de ser lo que es perfectamente claro para convertirse en lo claramente ambiguo. Revisando las distintas actitudes de los pioneros modernos, Rowe afirma que Le Corbusier sentía una especial preocupación por las cualidades planas del vidrio y Gropius, en cambio, por sus atributos traslúcidos.
Las recientes propuestas minimalistas todavía influenciadas por el repertorio formal —más que constructivo— de los primeros racionalistas toman de la escultura la alteración de significados de los objetos, incidiendo especialmente en la superficie de éstos, al usar materiales reflexivos y explotar el juego de la luz. La crudeza estructural de la casa Dominó de Le Corbusier se funde con las cajas minimalistas de Donald Judd para producir una nueva generación de cajas herméticas de vidrio. Así, decía Jean Nouvel que su tarea en la Fundación Cartier en París consistió en “volver superflua la lectura de volúmenes sólidos en un juego poético de bruma y evanescencia”. Sin embargo, para Terence Riley —curador de arquitectura del MoMA y autor del libro Light Construction, quien participó en el reciente congreso “Arquitectura y Transparencia”, en la Ciudad de México—, en algunas de estas propuestas la estructura aparece atrapada entre las superficies de una doble fachada de cristal, dando una apariencia de fantasma, de forma completamente diferente a la llamada “caja de cristal miesiana”.
Se trata de membranas, pantallas y filtros que juegan con la transparencia, la traslucidez y la opacidad de sus superficies y crean una nueva arquitectura de luz sin sombras. Son arquitecturas abstractas de piedra o vidrio, de contenedores prismáticos revestidos de láminas traslúcidas o mallas transparentes que inciden en la textura de la superficie y tersura de su piel. Decía Luis Fernández-Galiano —director de la revista madrileña Arquitectura Viva y columnista en el diario El País— en su conferencia magistral que abrió “Arquitectura y Transparencia” que precisamente en la abstracción neutral de estas nuevas arquitecturas reside su promesa, su riesgo y su belleza. –

 

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